La evaluación psicopedagógica negligente.

7:52:00 Mercedes Lafourcade 0 Comments




La evaluación en la Psicopedagogía es un momento de gran importancia, un hito en la relación del psicopedagogo con el paciente, la familia, la institución educativa. Miedo, incertidumbre, culpa, negación, vergüenza son emociones presentes en el momento de la evaluación.  

Evaluar para el psicopedagogo supone mirar a través de, a través del discurso de la familia, del niño y de los maestros; a través de los cuadernos de clase, a través de lo que se dice y se calla, a través de lo que se representa en el dibujo. Ningún hecho o elemento se toman como parte del azar, cada acción u omisión es considerado en toda su magnitud como parte del mensaje que debemos descifrar. 

Los principios éticos atraviesan las situaciones de evaluación, el lugar de evaluador supone un lugar de poder. La función de hacer juicios de valor cuantitativos y cualitativos  pueden conllevar un dictamen irrevocable que acompañará al sujeto evaluado durante toda su vida. Se evalúa para intervenir, para tomar decisiones que ayuden al niño a moverse de un lugar indefenso y estático. 

No podemos entender la patología en el aprender de un niño analizando sólo el presente, haciendo únicamente un corte transversal de la situación, aunque incluyamos aparte de lo individual al grupo familiar. En el diagnóstico y a lo largo del tratamiento intentaremos reconstruir el juego de acontecimientos que dio lugar, ya desde antes de que naciera el niño, a una constelación de significaciones profundas y a un código. El niño que nace viene a llenar un lugar ya preparado, pero cuando nace es una realidad que desde lo real jaquea a lo imaginario, porque ya tiene un sexo marcado orgánicamente por ejemplo. Los padres podrán resignificar (resignar la situación dándose cuenta de que entre lo imaginario y lo real deberán encontrar un nuevo significado, dentro de lo simbólico). Pero puede ser que los padres no resignen y sigan viviendo lo imaginado, y entonces habrá una distancia muy grande entre la persona que los padres suponen amar y el sujeto de amor.
Es necesario detenerse en investigar cuál es la posición del niño frente a los secretos, frente a lo no dicho, frente a la diferencia y la distancia que hay entre lo imaginario y lo real, ya que justamente la imposibilidad de simbolizar es la que provoca la fractura o síntoma.
Un diagnostico podrá empezar a tener eficacia para el paciente, cuando se haya comenzado a vislumbrar algo que haga  a la circulación del amor dentro de los vínculos del grupo familiar. Pues solo desde ese lugar que, aunque trabado, seguramente existe, se podrá comenzar a poner en circulación el aprender atrapado. Alicia Fernandez (1997)
El niño nace aprendiendo, su capacidad de aprender es innata e involuntaria. Aprender supone una fuerza interior que lo lleva a actuar para adaptarse al medio.  El niño aprende a  pedir lo que necesita, aprende a vincularse, aprende a ser humano y también aprende a callar, aprende a omitir y aprende a sustituir. En la búsqueda de la supervivencia necesita "olvidar" algunas cosas y sustituir otras, aprende a romper y a arreglar su pasado  para construir su futuro en un presente de contradicciones. 



Sin embargo esos olvidos y sustituciones tiñen todo su accionar y emergen en forma de conflicto. Un niño que vivió situaciones de violencia y abandono aprende a callar porque  callar está bien. Callar lo salva y mantiene la lealtad hacia las personas que ama y sirven para su supervivencia.  Ese niño que aprende que callar está bien, llega a la consulta psicopedagógica en donde se lo evalúa por su capacidad de hablar, de decir y de definir. El niño sabe pero calla, porque si habla corre peligro su supervivencia al mostrar lo que no debe.  

La evaluación entonces debe explicitar que el niño no habla, que el niño calla;   no decirlo supondría aceptar que está bien que calle y que oculte y que cubra a las personas que lo dañaron. Supondría negar la posibilidad de curarse y revertir su presente de conflictos que no le permiten avanzar hacia el aprendizaje. Supondría también negarle la ayuda y asistencia necesarias, que tomen en cuenta todos los componentes de su aprendizaje y su desarrollo.

Considerar, únicamente el resultado de una prueba estandarizada de lectura o de matemática y concluir que el niño tiene dislexia o discalculia, sin tener en cuenta la historia personal del niño puede resultar una manera incompleta de evaluar. Encender  una luz roja en la evaluación cuando un niño no habla o no dice, nos brinda la posibilidad de trazar un plan de intervención acorde a sus funcionamiento cognitivo, emocional e instrumental, aunque  quizás no resulte el camino más cómodo pero sí el camino acertado para el bienestar del niño evaluado.


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